Botánica Cofrade



UNA FLOR PARA LA CRISTIANDAD

Á. Enrique Salvo Tierra

La Opinión de Málaga 31 de Marzo de 2013


Hace tan sólo cuatro años el Museo de Cincinnati retiró de su exposición permanente el cuadro “Virgen con niño” pintado en 1535 por Joos van Cleve, también conocido como el Maestro de la Muerte de la Virgen. La pintura representa a una Madonna que pierde su mirada entristecida ante las desgracias acaecidas en aquel momento por las sucesivas guerras, y sobre ella el niño que le entrega tres cerezas, símbolo de la dulzura de la Trinidad en el Paraíso, a la vez que huye de las flores que su madre porta en la mano derecha, un clavel  o “flor de clavo” como símbolo de la crucifixión, y de él brota misteriosamente una flor de pasionaria.

El cuadro más allá de su valor artístico, en donde se percibe una fuerte influencia de Leonardo, llamó la atención de un profesor de periodismo de la Universidad de Florida, Michel Abrams.  Su primer hallazgo fue que a la derecha de la cabeza del niño, aparece una difuminada pero perfecta inscripción en hebreo que dice “Yo soy el Señor, tu Dios”, como preámbulo de hasta cinco cartas. Evidentemente esta paradoja levantó una gran controversia científica y social alrededor del cuadro. Pero no menos lo fue, descubrir que todo el entorno del clavel había sido repintado de negro cien años después para colocar sobre él la flor de la pasión.
Evidentemente los hallazgos de Abrams han dado al cuadro un halo de misterio, preguntándose ¿Quién fue el pintor “fantasma”? ¿Porqué lo hizo? y sobre todo ¿porqué superpuso la passio flos sobre el clavel?.




Historia de “La Flor de Cristo”

Para Camilo Borghese alcanzar la silla papal en 1605 no fue precisamente fácil, con un cónclave dividido entre españoles y franceses. Comenzaba un siglo difícil, el “siglo de los físicos”, y con ello la puesta en cuestión de muchos axiomas hasta entonces indiscutibles, pero también el siglo de la “pequeña edad del hielo”. El planeta sufrió un enfriamiento y con ello la extensión de hambrunas y epidemias, que acabaron por desatar una gran crisis económica y con ella desordenes sociales y políticos que se extenderán hasta el siglo XVIII, cuando gracias a una gran revolución ideológica surgirá el Siglo de las Luces.



Pero ya Pablo V, nombre que adoptó el Cardenal Borghese, tuvo que bregar desde el primer instante de su papado con un problema diplomático con Inglaterra generado por “la conspiración de la pólvora de Guy Fawkes".

Por eso no sería extraño que se retirará en más de una ocasión al jardín privado de los Barberini, en donde conversaría con su amigo Maffeo, a la postre su sucesor con el nombre de Urbano VIII. Allí es muy probable que conociese a un joven que como él procedía de Siena y que entre sus muchas habilidades se encontraba la del cultivo de plantas, Juan Bautista Ferrari.

Invernadero de citrus, ilustrado por Ferrari

El padre Ferrari había sido formado por los jesuitas, teniendo grandes dotes para el dominio de distintas lenguas, y ya en Roma entró en el círculo del Doctor Cassiano del Pozzo. En ese círculo entre otros estudiosos se encontraba Galileo, y posiblemente en aquel Jardín se produjera en 1616 el histórico encuentro con Pablo V, en el que este intentó silenciar al físico, que proclamaba las teorías heliocéntricas de Copérnico y pretendía demostrar, en aparente oposición a las Sagradas Escrituras, que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol.

Pozzo recomendó a Ferrari para dirigir el Jardín Botánico de los Barberini dedicando buena parte de su tiempo a investigar sobre las plantas, llegando a publicar varios libros de gran éxito por sus descripciones e ilustraciones, en especial los 4 tratados sobre el cultivo de las flores y sobre los cítricos. Se considera a Ferrari como el primer científico en ilustrar detalles microscópicos, en concreto de un Hibiscus, el mismo género que acoge a la Rosa de Sharon o Rosa de Siria, de tanta trascendencia bíblica.

Gracias también a Pozzo, el joven botánico dispuso de una red de corresponsales por toda Europa que le suministraban especímenes vegetales, y muy especialmente de cítricos, quepor entonces gozaban de un enorme interés por parte de otros eruditos de la época como era el caso del Dr. Nicolás de Monardés, quien también dedicó sus desvelos a la botánica y muy especialmente a distintas especies de citreas.

Este andaluz, descubridor de la fluorescencia y uno de los grandes farmacólogos de la historia, se dedicó a describir cuantas plantas llegaban de América en sus tres libros sobre “Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales y que sirven de Medicina”, además de una extensa investigación sobre las grandes virtudes del tabaco, muchas de ellas extraídas de la tradición indígena.  Monardés nunca viajó al continente americano, siendo los misioneros, especialmente de la compañía de Jesús,  que acompañaban a las expediciones, los que jugaron un papel fundamental en la recolección de plantas de altísimo valor. 

Tanto a Monardés como a Ferrari no sólo les interesaron los especímenes que les proveían, sino que acopiaban cuantas virtudes se le atribuían por los indígenas, así como leyendas que se narraban de cada una de ellas.

Aunque descubierta por los españoles en 1569 e introducida en Europa en 1580, no fue hasta 1598 cuando Monardés publicó la descripción de una granadilla traída de Perú, con grandes virtudes medicinales, que a pesar de sus llamativas flores no llegó a ilustrar. El Maraco o Mburucuyá, que era el nombre indígena que le trasladaron los misioneros, fue cultivado por él en su museo de historia natural de Sevilla. Y con ello también una leyenda muy parecida a la shakespeariana de “Romeo y Julieta”, en donde la amada española, llamada Mburucuyá por su amante guaraní, en un amor imposible acaban yaciendo juntos, para años más tarde sobre su tumba crecer “la flor de la pasión”. Esta misma leyenda es trasladada por Bécquer a las calles de Toledo en un romance entre un cristiano y una judía que acaba crucificada por su propio padre un Vienes Santo, en “La Rosa de pasión”.

Muy probablemente semillas del Jardín de Monardés viajaron hasta el de los Barberini en Roma, y allí Ferrari le mostrase en 1608 aquella flor tan extraordinaria al Papa, e incluso se la interpretase. Hay que tener en cuenta que en aquel momento Roma se enfrentaba a cómo explicar que aquel nuevo mundo “extraño y milagroso”, olvidado en las Escrituras, estaba relacionado de alguna manera con el cristianismo.
Surge entonces una nueva leyenda sobre la flor que complació al Pontífice. En este caso es la de un misionero que al ir por la selva oyó el llanto de una niña que subida a un árbol se guarecía  de un jaguar. El sacerdote se interpuso para que la niña pudiese huir, siendo atacado por el enorme felino. Sobre la sangre derramada, brotaron rápidamente plantas de mburucuyá para recordar al mundo la belleza de sufrir por el bien de los demás, manifestándose entonces la cristología en cada una de las partes de la planta naciente, como bien describiría Ferrari. Así:

 La corola representa la Santa Corona.
Sus tres estigmas florales simbolizan los tres clavos usados para clavar a Jesús en la Cruz.
El ovario y su base serían el cáliz de la Última Cena.
Las cinco anteras representan las cinco llagas.
Los diez pétalos (en realidad son cinco pétalos y el resto son sépalos) simbolizan los Apóstoles (estando excluidos  Judas Iscariote el traidor y Pedro el negador).
Las hojas viejas representan las manos de aquellos que lo persiguieron, y las hojas nuevas, la punta de la lanza usada para punzarlo.
El fruto pequeño y anaranjado, encierra unas semillas rojizas que se interpretan como las gotas de sangre coagulada que brotaron de las heridas del santo cuerpo.
Y los zarcillos, los látigos con los que lo azotaron.


Sería el misionero Simone Parlasca en 1609, el primero en propagar dibujos de la planta, haciendo referencia a una visión que tuvo al observar la planta: “Las lágrimas vertidas por María Magdalena a la muerte de Cristo al caer en la tierra fueron las semillas de la pasionaria”.

Dibujo del dominico Simone Parlasca de una flor de la pasión (1609).

Esta imagen se propagó rápidamente por todo el mundo dando lugar a multitud de enigmas como el del cuadro de Van Cleve de 1535, cuando la planta aún no se conocía  en Europa, y como vemos ya sobre el clavel que tiene la virgen en su mano aparece la flor de la cristiandad.
Pocos argumentos más necesitaba ya Pablo V para declarar a la americana Passiflora como Flor de Cristo, ya que con ello el mensaje de la resurrección y crucifixión era para toda la humanidad.



La liturgia de las flores

Bajo Palio (Canal Sur )



I. Flores para el Trono

Emitido el 21 de Febrero de 2013

Cualquiera que se acerque por primera vez a nuestra Semana Mayor, quedará deslumbrado por la grandiosidad de las Imágenes de los Sagrados Titulares que se alzan sobre los abigarrados y monumentales tronos; por los cortejos partiendo o recogiéndose de sus Casas de Hermandad y por sus recorridos atravesando la Alameda entre sus centenarios Ficus o discurriendo entre el gentío y la luz por Calle Larios.

Aquellos neófitos repararán en los grandes detalles, pero difícilmente observarán aquellos inconspicuos que dan grandeza a la historia de cada cofradía, porque ellos atesoran en su simbolismo mensajes que trascienden lo superfluo y alcanzan la más profunda espiritualidad.

En ese sentido las flores no sólo aportan al rígido ornato barroco mayor embellecimiento por su color, olor y textura; sino que ya desde un principio por su carácter efímero y reposición cíclica, nos invita a reflexionar sobre la Muerte y Resurrección.

Son muchos siglos los que se han necesitado para unir a cada flor, a cada planta, un simbolismo, y por tanto un mensaje. La florología, o lenguaje de las plantas, cuya paternidad se arroga el mundo anglosajón, es pura superficialidad comparada con toda la historia que las civilizaciones mediterráneas han ido creando en torno a las plantas, y muy especialmente desde las Sagradas Escrituras para la cultura cristiana.

La Biblia recoge hasta un centenar de especies vegetales, aportando una gran cantidad de información sobre sus usos y virtudes. Pero siete de ellas van a conformar la constelación sobre la que gira todo el desarrollo del cristianismo.

A la trilogía nuclear del olivo, el trigo y la vid que aportan los elementos básicos de la liturgia: aceite, pan y vino; se les unen otras cuatro plantas: la cebada, la higuera, la granada y la palmera, recursos básicos que han hecho perdurar por siglos toda una creencia. Cada una de estas plantas ha sido representada durante veinte siglos en infinidad de obras, dotándoles de un significado fácil de entender.

Pero de entre todas las Escrituras es el Cantar de los Cantares de Salomón el libro que podemos considerar como base de toda la simbología floral, y que más aporta a la Botánica Cofrade, en la que la Ciencia de las plantas ayuda a comprender mejor el origen de los mensajes.

El Jardín del Eden (c. 1410) de autor desconocido, en el Städelsches Kunstinstitut de Frankfurt, recrea un hortus conclusus, símbolo de la pureza de la Virgen,  en el que crecen todas las plantas citadas en El Cantar de los Cantares.

A lo largo del texto se pueden detectar una veintena de especies vegetales, entre las que podemos destacar, además de las siete ya mencionadas:

El aloe, también conocida como “la planta bíblica”, y que ya desde los egipcios siempre se vinculó a la inmortalidad, utilizándose junto con la mirra en los embalsamientos.

El aro, cala o trompeta, se vincula especialmente con la nobleza y rectitud.

El azafrán, es el símbolo de la virtud más elevada: la caridad.

La canela, otra de las plantas divinas, como todas las especias, se le vincula a la virtud de la sabiduría.

El cálamo o caña aromática, es uno de los ingredientes básicos del aceite de la Santa Unción y símbolo del intelecto.

El cedroel poder de la fuerza espiritual, es el símbolo de la constancia en la fe.

El ciprés, de sus muchos significados tal vez el más vinculado a la tradición cristiana sea la “Unión entre el cielo y la Tierra”.

O, el jacinto,  que es considerado  como símbolo de la prudencia cristiana, de la paz de la mente y del deseo del cielo

Pero de entre todas las plantas citadas en los Cantares serán el lirio, la azucena y la rosa de Sharón, las que ocupen el lugar más distinguido y que trataremos en otro capítulo.



II. El Lirio y la Azucena

Emitido el 6 de Marzo de 2013


Como ya comentábamos en el capítulo anterior la principal fuente de inspiración de la Botánica cofrade es el Libro del Cantar de los Cantares. Allí encontramos, además de referencias al uso de las principales plantas, una serie de versículos en donde se juega con metáforas a través de las que se vincula proféticamente a las plantas con personajes y sus virtudes. Marco Orígenes, Padre de la Teología, interpretaría en sus Comentarios al Libro de Salomón la simbología de cada una de estas flores.
Bajo este aspecto simbológico, desde el año 1000 es frecuente ver representado a Cristo rodeado de lirios. Su origen está en un versículo del Cantar de los Cantares, muchas veces retomado y glosado por los teólogos: “Yo soy Rosa de Sharon, un Lirio de los Valles”.

La Rosa de Sharon (también conocida Rosa de Siria), muy similar a nuestros “pacíficos” o hibiscos, es una hermosa flor silvestre, de la familia de las malvas, que en aquella región crece entre los cultivos. Orígenes interpreta que ambas flores identifican al cristianismo: así la Rosa es la  belleza que nace desde el orden; mientras que de los valles, por ser lugares rocosos e incultos, el lirio surge con más autoridad.

Flor de Lis
Azucena
Rosa de Jericó
El lirio se convierte así en el emblema de la expansión del cristianismo, hasta tal punto que es elegido como enseña por el rey Luis VII de Francia durante la segunda cruzada en el siglo XII, pasándose también a llamar desde entonces la Flor de Luis o “flor de lis”.

Pero también a partir del medievo a este contenido cristológico progresivamente se suma una simbología marial, relacionada con el desarrollo del culto a la virgen, a la que se dedica el inmediato versículo del Cantar: “Como una azucena entre los cardos”.

Asimismo son numerosos los fragmentos de las Escrituras donde se presenta a la azucena como un símbolo de pureza y virginidad. Según la interpretación del propio Orígenes: “tanto por la claridad de su pudor como por el fulgor de su sabiduría, para que también ellas (refiriéndose a las demás mujeres) se conviertan en azucenas que brotan de entre los cardos, esto es, que rehúyan los pensamientos y preocupaciones mundanas que en el Evangelio se compararon a las espinas”.

De esta manera, y a través de una extensa iconografía, el lirio y la azucena se han convertido en las principales referencias desde antiguo del ornato floral de nuestros tronos.

Así lo proclamaba Lope de Vega en sus Rimas Sacras:

Y tú, que al gran tesoro
del erario tantos diste
en vez de la esmeralda y amatiste,
el rubí y el diamante,
acepta el mirto y el laurel triunfante,
el lirio azul y la sangrienta rosa
y la azucena castamente hermosa.


III. El Clavel

Emitido el 19 de marzo de 2013

Escribía Valdivieso en su Sagrario de Toledo:

Aquí el clavel despliega su belleza
Envidioso de alguna buena cara,
Y la azucena inclina la cabeza
Al casto lloro que la adornara
El lirio que felpó naturaleza,
Tarde con el invierno se repara.

Lirios para simbolizar a Cristo y a la expansión de su mensaje, azucenas como emblema de la pureza de la Virgen. ¿Y los claveles? ¿Qué simboliza el clavel? ¿Porqué es el clavel la flor predilecta en el ornato de nuestros tronos?. La razón tiene más de quinientos años.

Cuenta la leyenda que cuando María elevó la vista y vio a su hijo crucificado las lágrimas al caer hicieron brotar claveles. El clavel es la comunión entre la madre y el hijo, el amor imperecedero que los une desde la gestación, es el vínculo indisoluble que hace que durante toda la pasión la madre esté presente.

Los claveles silvestres o clavellinas son originarias de la Región Mediterránea, con más de trescientas especies de una gran variedad de formas y colores. La clavellina malagueña (Dianthus malacitanus), genuina de nuestras montañas, es uno de los más bellos exponentes de este género, cuyo significado griego es la “flor de Dios” (Di – Anthus).

Curiosamente entre el centenar de especies vegetales que cita la Biblia no se recoge ninguna mención a esta planta. Sin embargo se sabe que los griegos ya la utilizaban para venerar a Jupiter, y que los árabes extraían sus esencias y lo utilizaban en infusiones. Pero no fue hasta mediados del siglo XIII cuando el clavel que hoy cultivamos, el Dianthus caryophyllus, se introdujo en Europa, probablemente desde Túnez. El Rey Luis IX, a la postre San Luis de Francia,  del que Voltaire diría que "No es posible que ningún hombre haya llevado más lejos la virtud", parece que antes de morir durante la última cruzada envió a Francia semillas de unos claveles tan versátiles que en vez de 5 pétalos, presentaban una corola densamente poblada por colores que tampoco eran constantes, y que además producían fragancias agradables.

El clavel se expandió rápidamente por todos los jardines europeos y en menos de un siglo decenas de variedades, de colores y formas distintas, salían de los cultivos, llamando la atención de cuantos la contemplaban. En ese sentido no pasó desapercibida esta hermosa flor para los artistas. Con la entrada en el renacimiento surgen diversas representaciones de la “Virgen del clavel”, en donde la Madre entrega una flor a su hijo. Lo hacen Leonardo, Rafael y Durero, y siempre dando un contundente valor comunicativo  a la flor: el clavel representa el amor inmenso que le tiene una madre a su hijo, y así se convierte en el símbolo del amor maternal por excelencia.

Virgen del clavel de Leonardo da Vinci (1478, Munich)


Los ingleses llamaron a esta flor “Carnation”, relacionándola con el color de la carne. Los franceses “oilllet”,  cuya traducción es ojal,  probablemente por su uso como adorno en las vestiduras. En España, donde es reconocida como flor nacional, la palabra tiene su origen en la forma de clavo y en el aroma de algunas variedades que recuerdan a la de la especia del mismo nombre.

Como adelantaban los versos de Valdivieso la perfección del Sagrario se alcanza cuando lirios y azucenas se elevan desde la grandeza de los claveles.


La doble curva (2012)

Botánica Funeraria en el Arte Cofrade

Enrique Salvo Tierra


Para Barallat, en su obra Principios de Botánica Funeraria, a través del ornato vegetal  se puede oír y ver las enseñanzas morales y religiosas que se desprenden de la muerte, así en todas las culturas las ofrendas florales a los difuntos no dejan de ser el inicio de un proceso purificador y de distanciamiento a la vez que de honra.

En este mismo sentido el arte cofrade, y en especial en su máxima representación en los cortejos de la Semana Santa, los adornos florales juegan un papel primordial en especial creando un paisaje entorno a las imágenes veneradas. Pero no podemos olvidar el origen Barroco del procesionamiento de las imágenes y con ello el despliegue de toda una serie de elementos con una fuerte carga simbólica. Como escribió San Agustín los significados ocultos son los más sutiles. Cada detalle es un símbolo vinculado a la pasión cristiana, a la introspección, un mensaje para la conducta humana; depurado durante siglos, tomados de las bases de la cultura popular y engrandecidos para crear un conjunto de emociones que alcanzan lo más profundo del alma. Por todo ello la presencia de flores y plantas en la Semana Santa, por su enorme carga simbólica, siempre superó, y debe seguir haciéndolo, el papel meramente de escenario para pasar a formar parte de la escena.
La presencia de especies exóticas, de flores de colores tan llamativos como estridentes, no deja de ser una contaminación que en nada tiene en cuenta la liturgia cofrade. Por eso es conveniente, más allá del respeto a la tradición, el acato a una simbología botánica acuñada durante siglos por la cultura mediterránea y por ende del cristianismo.

Por todo ello me atrevo a sugerir el siguiente decálogo, en forma de recomendaciones más que de mandamientos, abierto a la revisión permanente por las aportaciones que puedan hacer tantos cofrades desde su propio conocimiento y vivencias.

Decálogo de la Botánica Cofrade



  1. La elección de la decoración floral debe considerar siempre, y unánimemente, las evocaciones del color, de la forma y de la fragancia.
  2. Los colores básicos de los ornatos florales deben construirse siempre desde el verde, genera sentimiento de paz y tranquilidad. El verde es el emblema de la regeneración primaveral (primera luna llena de primavera) y por ello simboliza la inmortalidad del alma. Por este significado y por lo relajante que resulta al ojo, deben predominar las hojas sobre las flores. Y en este mismo sentido, los verdes oscuros son los más recomendables por conferir solemnidad mientras que los claros, deben relegarse a los momentos de esperanza.
  3. El negro, color del luto, ha sido negado casi por completo del mundo vegetal, y comunica ideas tétricas, de tristeza y terror. Por ello se acude como antitesis al color blanco para simbolizar la muerte, como paz eterna.
  4. El color rojo, en su gama más oscura, es el idóneo para simbolizar la pasión religiosa, mas allá de los más intensos o rosáceos vinculados a la pasión más mundana. Su presencia es la más recomendable en las representaciones previas a la muerte de Cristo. Los colores violáceos sugieren sensación de equilibrio: entre la tierra y el cielo, entre la pasión y la reflexión, entre la tristeza por la pérdida a la vez que la esperanza desde la fe, de ahí que sea recomendable su uso desde el momento de venerar la muerte hasta la resurrección.
  1. La utilización de exornos florales de colores amarillos, anaranjados, etc, no deja de ser de mal gusto, ya que en el lenguaje de las flores (florografía), siempre evocan sentimientos de rechazo, decepción o desprecio.
  2. Las formas de la decoración floral debe ser planas, con humildad, para no restar protagonismo a las imágenes titulares que se alzan sobre los tronos; si bien algunos elementos, ya sean a través de los exornos o en la propia escena, bien pueden desarrollarse en forma cónica con la punta señalando el cielo para que sirva de guía a las miradas y que se eleven a la región de la luz.
  3. Las fragancias más aconsejables son las que se derivan de las resinas de coníferas. La mirra o los inciensos mayores evocan ambientes purificadores, y así llevan siendo utilizados desde los templos egipcios. Sin embargo, por los pirobencenos que producen, debe cuidarse de no extenderlos en exceso. Aunque se le ha conferido un valor purificador menor, las resinas provenientes de nuestros enebros y sabinas fueron las más tradicionalmente usadas ante la imposibilidad de adquisición de aquellas otras. Un segundo grupo de esencias es el de las labiadas (romero, lavandas, tomillos,etc), especies aromáticas cuyas esencias de altísima producción justo en ese momento del año recuerdan la mediterraneidad y de manera especial el ambiente en el que se desarrolló toda la pasión de Cristo. El azahar de los cítricos (naranjos y limoneros) es agraciado y anuncia la primavera, pero no olvidemos que son plantas de origen asiático, introducidas  en Europa en la edad moderna. El autóctono arrayán (mirto o murta) jugó el mismo papel anunciador durante mucho tiempo.
  1. Los elementos vegetales básicos de la expresión cofrade deben ser siempre la trilogía mediterránea en la que se basa el propio desarrollo doctrinal cristiano: el trigo (el pan, simbólica axial de la eucaristía como carne de cristo, la vida), el olivo (árbol de la paz y la sabiduría que provee el aceite, base para la unción y la prosperidad) y la vid (provee el vino, el otro eje axial de la simbólica cristiana rememorando la sangre de cristo, una bebida de inmortalidad).
  1. Las especies recomendadas para el ornato vegetal en virtud de su simbólica y origen son:
·         La rosa roja responde a la simbólica de la sangre de Jesús y por ende del amor en toda su extensión. Debe usarse aislada o en pequeños ramos para el sigilo y la discreción sacramental.
·      El clavel es siempre símbolo del amor humano, si es rojo simboliza la admiración y el dolor del corazón, mientras que en blanco es la inocencia y la pureza. Otros colores, o incluso formas abigarradas, no son propias del ornato cofrade.
·         El iris (lirio o flor de lis) simboliza a la expansión del cristianismo.
·         La siempreviva, la permanencia de los colores en sus flores incluso secas ha hecho que los simbolistas cristianos la utilizaran siempre como emblema de la eternidad.
·         El romero, evoca compromiso y fidelidad.
·         El gladiolo, es la evocación de la gratitud por la generosidad de la Providencia.

  1. La palma (la hoja de palmera, que no la palmera cuya simbólica es bien distinta) y el ciprés constituyen también dos elementos de enorme simbolismo en la celebración cristiana: la primera como emblema de la victoria de la bondad en la tierra que provee de vida eterna; el segundo, elemento central de la botánica funeraria, es el mejor emblema de la eternidad.


BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS

BEATA BEATRIX: UN FASCINANTE EJEMPLO DE SIMBOLISMO FLORAL EN EL ARTE
Beatriz Teresa Álvarez Arias

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